Esperando hasta el final del sonido.
Hay cosas que siguen sucediendo después de que creemos que terminaron.
Hace unos días le conté a una nena de dos años cómo se toca un cuenco. Le expliqué que, a diferencia de la percusión de un tambor, después de hacerlo sonar, hay que esperar. Escuchar hasta el final. Ella lo entendió enseguida.
La mano se detiene pero el sonido continúa. Viaja por el aire, toca el cuerpo, se vuelve cada vez más fino. Llega un momento en que ya no sabemos con certeza si todavía lo estamos oyendo o si lo recordamos. Un cuenco revela algo que la vida apurada suele borrar: el final de una experiencia no siempre coincide con el gesto que la inició. La conversación terminó, pero algo sigue resonando. Tomamos una decisión, pero el cuerpo todavía está alcanzándola. Salimos de un lugar y, durante un tiempo, ese lugar sigue en nosotros. También ocurre lo contrario. Hay algo que aún no sucede y, sin embargo, ya organiza el territorio: una posibilidad, una ausencia, una pregunta sin respuesta, aquello que pudo haber sido o quizá llegue a ser.
En estos días estuve pensando en los shruti, esos intervalos sutiles que existen entre los sonidos que nuestro mapa habitual reconoce. Pequeñas diferencias que están ahí, aunque un oído poco entrenado las reúna bajo una misma nota. Tal vez la vida también tenga shruti *.
Variaciones diminutas de cansancio. El instante en que una incomodidad empieza a convertirse en límite. Una alegría que todavía no tiene nombre. El espacio entre querer algo y estar disponible para recibirlo. La diferencia entre un silencio vacío y un silencio lleno de percepción. Percibir esos matices modifica nuestra medida de lo cotidiano.
Una pequeña práctica
Elegí un sonido que tenga duración: un cuenco, una campanita, una copa, una nota musical o incluso el ruido de una puerta al cerrarse.
Escuchalo hasta donde puedas. Dejá que se vuelva pequeño. Esperá un poco más. Observá el momento en que dejás de oírlo. Tal vez no exista un punto exacto. Tal vez el sonido se retire por capas.
Después preguntate:
¿Qué sigue sonando en mí, aunque yo ya haya pasado a otra cosa? ¿Qué necesita llegar hasta su final? ¿Qué no está sucediendo y, aun así, organiza mi territorio?
A veces presencia es esto: dejar que una nota termine de decirse. Y esperar. Esperar antes de agregar la siguiente.
Laura Szmuch
Código Vivo — soberanía cotidiana